
El pasado 20 de octubre se inauguró en el Museo Ruiz de Luna de Talavera de la Reina una destacada exposición dedicada a la obra cerámica de Alfredo Ruiz de Luna, bajo el título «Alfredo Ruiz de Luna, un ceramista talaverano en Madrid».
Alfredo Ruiz de Luna González nació en Talavera de la Reina, en la histórica Plazuela del Pan, el 15 de abril de 1949. Su infancia se desarrolló entre arcillas, tornos y pinceles en el Alfar de Nuestra Señora del Prado, la emblemática fábrica fundada por su abuelo, Juan Ruiz de Luna Rojas. Con apenas ocho años se trasladó allí con su familia, y aquel lugar —a medio camino entre casa y taller— marcó para siempre el inicio de su vocación artística.
Bajo la tutela de sus tíos Juan y Rafael descubrió los secretos del oficio. Aprendió a mirar, a interpretar los colores y a comprender la alquimia que transforma el barro en arte. Aquellos años marcaron el comienzo de una vida dedicada por completo a la cerámica.





En 1961, la Fábrica de Cerámica Artística Nuestra Señora del Prado —el legendario proyecto de Juan Ruiz de Luna— cerró definitivamente sus puertas. Aquel hecho obligó a la familia a trasladarse a Madrid, dejando atrás no solo su hogar, sino también el corazón creativo que había marcado generaciones. Alfredo continuó allí sus estudios, ingresando en la Escuela de Arquitectos Técnicos, mientras se empapaba de dibujo artístico en el Círculo de Bellas Artes. Su inquietud creativa no hizo más que intensificarse: se integró en el Grupo de Arte (G.A.), con el que participó en diversas exposiciones y comenzó a labrar su propio camino en el ámbito artístico.
Sin embargo, cada verano Talavera seguía llamándolo. Regresaba a la vieja fábrica ya abandonada, donde rescataba documentos, azulejos, plantillas y piezas que aún sobrevivían al paso del tiempo. Las recogía con el cuidado de quien recupera fragmentos de una memoria familiar y artesanal. Las guardaba como auténticos tesoros, consciente de su enorme valor histórico, emocional y cultural. Cada hallazgo era, para él, una forma de mantener viva la herencia ceramista que lo había visto nacer.

Un proyecto hecho realidad
A comienzos de los años ochenta, su vida dió un giro decisivo. En 1980, instalado con Mª José Delgado Fraile en un pequeño apartamento de la calle Méjico, improvisó un taller con una mufla de gas. Allí inició sus primeras producciones como pintor de murales cerámicos.
Pronto necesitó un espacio mayor y se trasladó a un estudio de la Plaza de Boston, en el Parque de las Avenidas. Aquel lugar fue un impulso: le permitió asumir encargos más ambiciosos y, al mismo tiempo, dedicar tiempo a su producción personal. Su obra, libre y colorista, abarcaba temas populares y religiosos, escenas realistas y visiones oníricas, composiciones tradicionales y piezas íntimas.
El tamaño tampoco era un límite. Desde grandes murales a pequeñas placas, Alfredo reinterpretaba la tradición cerámica con una mirada propia, apasionada y profundamente creativa.









Los grandes encargos de un maestro
Desde su estudio empezaron a salir trabajos que pronto se convirtieron en referentes. Murales para bares, cafeterías, restaurantes, tiendas y viviendas particulares recuperaron la presencia de la azulejería en espacios cotidianos, llenándolos de luz y color.
Aunque en exposiciones como esta no siempre es posible trasladar las obras finales, sus bocetos preparatorios revelan claramente su solidez técnica y su madurez artística. Entre sus encargos más destacados se encuentran la decoración del Asador de Aranda, las cervecerías Cruz Blanca, el tablao flamenco Villa Rosa, el Rincón de Triana, la Plaza de Toros de Las Ventas o la rotulación cerámica de las calles del casco histórico de Madrid.
Enamorado del detalle, perfeccionista, meticuloso y profundamente apasionado por la cerámica, Alfredo Ruiz de Luna dejó un legado que sigue vivo en cada uno de sus murales.
Hoy vuelve su obra, a la ciudad que le vio nacer, al museo de Ruiz de Luna; con su familia, gracias.
Alfredo Ruiz de Luna, un ceramista talaverano en Madrid.









